Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 7, 7-12

 



Jesús dijo a sus discípulos:
    «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.
    ¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre de ustedes que está en el Cielo dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!
    Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor.


1. La insistencia del corazón (Pedir, Buscar, Llamar)

Jesús utiliza tres verbos de acción que marcan una progresión en la intensidad de nuestra relación con Dios:

  • Pedir: Reconocer nuestra necesidad y humildad.

  • Buscar: Poner nuestra voluntad en movimiento; no es solo esperar, es salir al encuentro.

  • Llamar: Insistir con confianza, como quien sabe que del otro lado hay Alguien que escucha.

La promesa es clara: "el que pide, recibe". Sin embargo, esta no es una "fórmula mágica" para obtener caprichos, sino una invitación a alinear nuestro deseo con el corazón de Dios.

2. La lógica de la Paternidad

Jesús usa una comparación muy humana y llena de ingenio: si un hijo pide pan, ¿un padre le daría una piedra? Si pide pescado, ¿le daría una serpiente?

La enseñanza es profunda: Dios es un Padre infinitamente mejor que nosotros. A veces nos quejamos porque Dios no nos da "la piedra" que le pedimos con tanta insistencia, sin darnos cuenta de que Él nos está reservando el "pan" que realmente nos alimenta. Él sabe qué cosas son "buenas" para nosotros antes de que se las pidamos.

3. De la oración a la acción: La Regla de Oro

El pasaje cierra con el versículo 12: "Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo ellos mismos". Esto conecta la oración con la vida. No podemos pedirle a Dios que sea misericordioso con nosotros si nosotros no lo somos con los demás. La oración verdadera nos transforma por dentro para que tratemos al prójimo con la misma delicada atención con la que Dios nos trata a nosotros.

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